jueves, mayo 26, 2016

Nacho Dean, tras dar la vuelta al mundo a pie: "Sobreviví al desierto comiendo Nutella"

Nacho Dean, tras dar la vuelta al mundo a pie: "Sobreviví al desierto comiendo Nutella"




Una vez una mujer le preguntó a Nacho Dean si tan mal lo había pasado para decidirse dar la vuelta al mundo a pie. Él se ríe al recordarlo, y asegura que su viaje no ha sido en absoluto una huida, sino su particular "canto a la vida y a la libertad".

Nacho Dean, malagueño de 35 años, es el primer español que ha logrado el reto de dar la vuelta al mundo a pie. Una de las cinco o diez personas que (se calcula) lo han logrado en todo el mundo. Tres años para recorrer 33.000 kilómetros, 31 países, 11 pares de zapatillas gastadas y el recuerdo de la noche estrellada del desierto de Atacama todavía en la retina, o el ruido atronador de la selva de Ecuador, "que no te deja dormir". 

Hace apenas dos meses que Nacho ha regresado a España y se dedica ahora a dar conferencias para contar su experiencia. Hoy lo hará por primera vez en Madrid en la agencia de viajes Pangea, The Travel Store. Y ya está escribiendo un libro.

Como aperitivo antes de la cita en Qué.es chalamos con él. Es increíble que alguien que ha logrado algo tan excepcional resulte tan normal. Pero es que, quizá, después de todo, cumplir los sueños no debiera ser extraordinario. Ya nos lo dice él.

¿Cómo empezó todo?

Se me ocurrió caminando... Haciendo otras rutas. Había viajado mucho, había hecho la Transpirenaica, viajado al Polo Norte... Y muchas de ellas a pie, alejado del estrés y las prisas de las ciudades, en contacto con la naturaleza. Se me ocurre entonces, ¿por qué no hacer la vuelta al mundo? Me lleva dos años tomar la decisión, y después nueve meses de preparativos. La decisión la tomo en verano de 2012 y comienzo mi viaje el 21 de marzo de 2013. En esos nueve meses trazo un itinerario, un calendario, hago una web, redes sociales, contacto embajadas, me pongo vacunas, contacto con algún sponsor...

¿Cuál es la ruta?

Salgo de España y me dirijo al este de Europa. Francia, Italia, Eslovenia, Croacia, Serbia, Bulgaria y llego a Turquía el 21 de julio de 2013. Todo a pie. Es el reto: no puedo coger ni taxis, ni autobuses ni autostop. A pie, en solitario, sin asistencia y sin interrupciones. Después de Turquía seguí todo Asia, después todo Oceanía y después toda América.

¿Por qué te planteas el viaje solo?

No conocía nadie que quisiera embarcarse conmigo en esta locura... era un proyecto personal y surgió en solitario. Sobre la marcha me ha acompañado gente caminando en algunas etapas. Luego la soledad yo la llevo muy bien. Convivo muy bien conmigo mismo.

¿No te daba miedo?

Miedo no tengo... Pero sí he vivido situaciones en las que he tenido miedo. Tienes que afrontar todos los peligro tú solo. Ha habido algún país, como El Salvador, en Centroamérica, que es muy peligroso, donde hablé con la embajada y me puso una patrulla, una escolta de Policía. Me acompañó dos etapas.

Tuviste problemas con las maras, ¿no?

Sí. A raíz de eso llamé a la embajada y me pusieron la escolta... esos días escoltado no tuve problema, pero a veces tienes la duda, dices, ostras, a ver si por ir con la escolta voy a llamar más la atención, y a esta gente no le importa enfrentarse con la Policía, es una guerra donde ellos se matan.. Es muy tenso, la verdad. Te pueden matar por unas zapatillas, te pueden matar por ser del equipo de fútbol contrario, porque te tiñes el pelo de rubia... Eso no quiere decir que la mayoría de la gente no sea buena, en El Salvador tuve una acogida estupenda. Me mordió un perro en Honduras, en la frontera entre Honduras y El Salvador y tuve que estar un mes poniéndome la vacuna de la rabia. Ese mes que estuve hice amigos estupendos, di charlas, pasé un mes muy bueno.


Y, de vuelta al camino, ¿de verdad no te ha costado no tener alguien con quien hablar?


Convivo bien conmigo. Estar atravesando el desierto de Atacama, donde estuve dos meses, o en Australia donde el 60 por ciento es desierto... Voy cantando, hablo conmigo mismo, me invento canciones o papeles en películas. Por ejemplo me imagino que soy un espadachín que huyo de mafia, y así voy. Tampoco puedes estar consciente al cien por cien todo el tiempo. Por otra parte, generalmente estamos inmersos en el ruido de las ciudades, tenemos mucha información, vamos de aquí para allá... Pasar mucho tiempo en soledad en un desierto sirve para ordenar tus ideas. Todas las piezas encajan en su sitio en mi cabeza. Ya he tenido tiempo más que de sobra para pensar. Vuelves siendo una persona mucho más consciente.


¿De qué te has dado cuenta?


Estamos siempre con las ideologías políticas las filosofías, las religiones.. Al atravesar cuatro continentes a pie vas por países hindúes, budistas, musulmanes, de derechas, de izquierdas, del hemisferio norte, sur... Y te das cuenta de que no hay una verdad absoluta.
¿Relativizas más?
Cada país o cultura tiene un discurso. Que es válido en ese país... el hinduismo en España no encaja, adorar aun Dios con cabeza de mono creo que aquí no va.. Pero al final, independientemente de tu cultura, tu país o tu religión somos todos personas. Yo digo que está el más allá, que es el mundo de las ideas, pero en el más acá, en el mundo de la realidad, somos muy parecidos. Todos necesitamos comer, beber y ser felices en compañía de los nuestros. Da igual si eres hindú, iraní, australiano o mexicano.


¿Te has podido comunicar con todas estas personas de culturas tan diferentes?


Comunicarse a veces es difícil. Yo hablo inglés y español y esos idiomas, salvo en lugares muy turísticos, no se hablan. En Irán se habla persa, en Malasia, Malayo. No hay una comunicación muy profunda o filosófica, sino de supervivencia.


¿Cómo lo hacías?


Con mímica. Y aprendiendo unas palabras de cada idioma que atravieso: agua, comida, gracias, amigo, adiós...


¿Le sorprendía mucho a la gente tu aventura?


Sí, no daban crédito. Imagínate que estás atravesando Blangladesh, que es una región muy pobre, de gente que vive en cabañas de bambú, y de repente ven a un tío que aparece con un carrito azul. Los niños salían corriendo de las cabañas, me rodeaban. "¿Qué es eso? ¿qué es eso?", me preguntaban. A veces me han visto como un alien.


¿Qué llevabas en el carrito azul?


Una tienda de campaña, un saco de dormir, y una esterilla de camping para poder dormir en cualquier sitio. Ropa, que depende de la estación o del país he ido cambiando. He llevado un botiquín de primeros auxilios, donde llevaba desde yodo a un antídoto contra mordedura de serpientes venenosas, herramientas para arreglar el carrito, y un kit de supervivencia: un chuchillo, una linterna, agua y comida.


¿Mucha comida?


Cuando tienes que atravesar un desierto sí tienes que llevar mucha... En Australia tuve que recorrer distancias de más de 400 kilómetros sin nada, sin poblaciones ni un mar. Se tarda más o menos ocho días si haces 50 kilómetros cada día, que es un palizón. Tienes que llevar el agua y la comida necesaria para sobrevivir esos ocho días. Y aprendes a racionar la comida. Aquí vivimos en la abundancia. Comemos y bebemos cuando nos apetece, pero allí tienes que aprender a comerte tus frutos secos, tu Nutella y tu fruta. He llegado a perder 12 kilos de peso.


¿Cómo te organizabas para el avituallamiento?


He hecho de todo. Cuando los países son muy poblados, como Asia o América, como en los puestos por la calle. He comido, cactus, saltamontes.... También comida típica, el tajin en Irán, el pescado a la plancha en Malasia, chiles en nogada en México, papas a la huancaína en Perú, la comida de cada país. Y algunas cosas raras: ranas, perros...


¿Cuánto dinero llevabas?


Yo salí con 3.000 euros para todo. Con la confianza de que sobre la marcha iría encontrando el apoyo necesario para ir salvando mi viaje. Lo he financiado con unos ahorros personales, la ayuda de algún colaborador y luego donaciones. Y la ayuda de la gente, que ha sido fundamental para mi viaje. A menudo te dan un plato de comida.


Te han ayudado, mucho, ¿verdad? Aquí en Occidente tendemos a desconfiar del otro...


Algo que compruebas es que cuanto menos tiene la gente más generosa es. Aquí somos muy recelosos de nuestras propiedades. Como tenemos a lo mejor más de lo que necesitamos... Pero es increíble en Nepal, en Bangladesh, en Nicaragua... Cuando viajas a pie atraviesas zonas nada turísticas, zonas muy rurales, aldeas, duermes en cabañas, casas muy humildes. Gente que no tiene nada te invita a su casa y te invita a la mesa como un miembro más de su familia. Te deja dormir en la única cama que hay en la casa y ellos duermen en el suelo... La generosidad es algo que tenemos que aprender.


Sin embargo, has tenido también la experiencia contraria. ¿Cómo fue el asalto en El Salvador?


Era una carretera muy larga y solitaria entre las poblaciones de San Miguel y Usulután. En esa zona está la prisión de máxima seguridad de toda Centroamérica, las maras están ahí dentro y en los alrededores. A cada tramo me iban saliendo mareros a preguntarme de dónde venía, a dónde iba, qué llevaba en el carro. Yo les mentía.Les decía que era colombiano y que llevaba agua. No les voy a decir que soy europeo y que llevo un portátil y una cámara de fotos... Voy con la cabeza envuelta en una camiseta para evitar la radiación solar, con lo que no se me ve. Era sospechoso tanto para la policía como para los delincuentes. Conseguí salvar esos controles de la mara hasta que en medio de la carretera me salieron varios con los machetes y me pidieron todo. Mi reacción fue, "no te voy a dar nada". Y se quedaron de cuajo. No están acostumbrados a que nadie les lleve la contraria. Esta gente se sube en un autobús a pedir dinero y al que no colabora le meten un tiro.... Fui avanzado hasta llegar a la siguiente población. Llamé a la embajada y los días siguientes me pusieron escolta.


¿Solías avisar a la embajada antes de entrar a cada país?


Antes de entrar realizo siempre un estudio de que en situación política y económica está, qué enfermedades, qué ecosistemas, qué climas... Una de las cosas que hago es llamar a la embajada y recopilar teléfonos de emergencia consular, y prepararme para atravesar ese país a pie. Una cosa es atravesar Eslovenia, que es un país sencillo, y otra es Irán u Honduras.


¿En qué otras situaciones te has jugado la vida?


Estuve en un atentado terrorista en Daca, en Bangladesh. Hubo cinco artefactos explosivos en una de las principales avenidas, y yo estaba allí... Entre en Bangladesh en las Navidades de 2013, en periodo de elecciones. Hay allí un partido islamista, radical, que reivindica de nuevo la anexión a Pakistán, que fue el mismo país hasta los 70. Y lo reivindican a base de bombas y sembrar el terror. De repente explotó este artefacto al final de la avenida y todo el mundo corriendo, a los pocos segundos una explosión más cercana... una tercera, una cuarta, te agazapas, sales de ahí corriendo. Y te acuerdas mucho de tu madre. También me asaltaron en Lima, se me echaron encima cinco tíos y me robaron lo que llevaba en los bolsillos. El carrito no lo consiguieron robar. La Policía me dijo que tuve suerte de salir con vida.
Has mencionado a tu madre. ¿Cómo ha llevado tu familia la aventura?
Si yo tengo cosas que contar mi madre tiene muchas más. Este viaje lo hemos hecho los dos. Lo viven a veces más intensamente que el propio aventurero. A veces estás desaparecido, sin cobertura, y se imaginan lo peor. Es difícil para una madre. Aunque hoy día es más fácil. No es como un explorador del siglo XVII, hay teléfonos móviles, Skype... De todas formas en mi viaje a menudo estoy en ninguna parte, sin cobertura, sin wifi, cuando tienes cobertura no tienes batería, o no tienes saldo...


¿Te apoyaron desde el principio?


Me dijeron que era una locura pero a partir de ahí asumieron que iba a por todas y me apoyaron.


¿Cómo fue tu llegada después de tres años?


Mi llegada, el momento psicológico, fue en Nueva York, cuando ya acababa mi viaje y empezaba a ver que se acercaba el final tras tres años volcado en un sueño con cada célula, cada energía volcada en ese objetivo. ¿Y ahora qué? Te entra un pequeño vacío. Pero rearmas los esquemas. Estoy feliz, contento, satisfecho de haber podido completar este reto.


¿Valoras más lo que tienes ahora?


Claro, eres consciente de que abrir un grifo y que salga agua es un lujo. O pulsar un interruptor y que se encienda la luz. Tener un ordenador en el que escuchar música. Una Sanidad, una Educación, una seguridad... Europa es un continente muy seguro.


¿Te embarcarías otra vez en un reto similar?


Sin duda. Siempre me ha gustado viajar. Pero nunca lo había hecho público. Pero este viaje lo he hecho público porque lo he hecho por el medio ambiente. Para lanzar un mensaje de conservación del planeta. He querido predicar con el ejemplo en el sentido de que si hay alguien capaz de dar la vuelta al mundo a pie podemos ir a los sitios caminando, podemos no tirar la basura al suelo, ser menos consumistas, hacer gestos para cuidar el planeta, la casa en la que vivimos.


¿Qué medidas crees que se podrían tomar aquí y ahora?


Uno de los males de nuestra vida es el consumismo. También habría que decirle adiós y al carbón y al petróleo y ser capaz de utilizar otras energías más limpias; ser más eficientes en el consumo de energía, desperdiciamos la mitad de la energía. Reciclar. No tirar la basura al suelo. Ser vegetariano.

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